Erizo Pinchín y su jardín del bosque

En un bosque vivía un erizo llamado Pinchín. Tenía un jardín pequeño junto a su casita.

Cada mañana, Pinchín se despertaba muy temprano. Cogía su regadera y se iba al jardín.

—¡Buenos días, manzano! —decía el erizo.
—¡Buenos días, peral!
—¡Buenos días, arbustos!

Pinchín regaba el manzano. Regaba el peral. Regaba los arbustos de frambuesas.

Un día llegó volando un pajarito.

—Pinchín, ¿por qué trabajas aquí todos los días? —preguntó.

—Cuido mi jardín —dijo el erizo—. Mira, el manzano tiene sed. Y a los arbustos les gusta que los riegue.

El pajarito se fue volando.

Pinchín siguió trabajando. Removía la tierra. Quitaba las hojas secas. Cantaba una canción a sus plantas.

Pasó el verano. En el manzano aparecieron manzanas pequeñitas. En el peral, peritas. Y en los arbustos, frambuesas rojas.

Pinchín estaba feliz. Y seguía regando su jardín.

Las manzanas crecían. Las peras crecían. Las frambuesas se volvían grandes y dulces.

Una tarde llegó el pajarito otra vez. Con él venían una ardilla y un conejo.

—¡Qué frutas tan bonitas! —dijo la ardilla.
—¡Qué frambuesas tan dulces! —dijo el conejo.

Pinchín sonrió. Cortó una manzana para la ardilla. Cortó una pera para el conejo. Y llenó un plato de frambuesas para el pajarito.

—¡Coman, amigos! —dijo el erizo.

Todos se sentaron bajo el manzano. Comieron frutas deliciosas. Charlaron. rieron.

Y Pinchín miraba su jardín y sonreía calladito.

Cuando oscureció, el erizo puso la cabeza en su almohada blanda. Afuera, las hojas del manzano susurraban. Pinchín cerró los ojos.

En el jardín todo era quietud y paz.